|
Texto de Marta Garcia Quiñones
Bolivar y el Raval Nacida en Bolívar, en la provincia argentina de Buenos Aires, Laura Piñel ha sido durante muchos años vecina del barrio del Raval, en Barcelona. Los dos lugares que protagonizan estas series están pues estrechamente ligados a su biografía. Dejó su pueblo, se marchó del Raval. Estos cuadros son en cierto modo una forma peculiar, más analítica que sentimental, de elaborar un duelo, de marcar una despedida. Con líneas negras, claramente delimitadas, y colores limpios, como queriendo decir: "En estos sitios estuve y eso vi".
Técnica pictórica y punto de vista
Es cierto que no faltan, para quien los quiera encontrar, detalles hechos de sustancia pictórica: el trazo suelto de los gatos encaramados a los tendales, en un balcón del Raval, la pincelada más emotiva de los paisajes rurales, donde dominan la linea del horizonte y el azul del cielo. Sin embargo, la técnica de la artista consiste en "sacar" los objetos del "aquí y ahora" que representan las fotografías de las que parte: abstraerlos, ponerlos en perspectiva. Su punto de vista se concreta sobre todo en la elección de los formatos y en el juego que establece entre panoramas y close-ups.
Panoramas y close-ups
En Bolívar, retratos de casas que forman una hipotética calle por la que se invita al visitante a pasear. Viviendas prototípicas, descritas con minuciosidad pedagógica –como maquetas o casitas de lego –, que juntas ofrecen una imagen desapasionada pero exacta de ese estilo medio que –contra lo pintoresco, lo excepcional– constituye un paisaje. En gran formato, los aledaños del pueblo: espacios abiertos y llanos donde se levantan molinos y silos –construcciones a medio camino entre la civilización y la naturaleza– y pastan caballos tan viejos como el lugar. El cielo, el verde. Lo que siempre ha estado allí.
En el Raval, la serie de cuadros grandes compone el interior de una manzana tÌpica, tal como se ve desde el balcón de la artista. La arquitectura como paisaje cotidiano, con fachadas vaciadas en blanco sobre las que destacan, en color, los elementos que cada habitante ha añadido a su cubículo: una persiana, dos plantas, mesas y sillas, ropa tendida... Nada que permita adivinar un estilo, una intención. Residuos de vida. En close-up, en cambio, vistas de algunos balcones donde se amontonan cachivaches y se arrinconan objetos poco utilizados o inservibles, pero donde aparecen también animales, plantas, gente ocupada en sus tareas diarias o en no hacer nada. Retratos en absoluto Ìntimos, pero sí personales, que sin embargo no desmienten su pertenencia a la masa anodina que forma el bloque, la manzana, el barrio.
Variaciones y modelos
En ambos casos, la presencia del modelo, al que nos adaptamos sin darnos cuenta. Lo particular, lo más propio –nuestra casa familiar, los objetos que nos rodean– aparece, al colocarlo en su contexto, sometido a la ley del lugar. El lugar nos conforma. A la vez, permite un pequeño espacio para la improvisación: las huellas que inevitablemente dejamos al habitar. Más allá de este juego, el camino que se abre, los pastos y el horizonte al fondo. La naturaleza. Lo que no tiene historia. |